Sínodo de la Iglesia Episcopal de Cuba
Eucaristía de Apertura – Febrero 2, 2007
Un sermón por Su Gracia Rvdma. Andrew H. Hutchison
Primado de la Iglesia Anglicana de Canadá
Siempre doy gracias a Dios por la oportunidad de participar en este sínodo diocesano de la Iglesia Episcopal de Cuba, así como de traerles saludos en nombre del Consejo Metropolitano para Cuba.
Mis colegas en el Consejo Metropolitano son Su Gracia Reverendísima Drexel Gómez, Primado de las Indias Orientales; Su Gracia Reverendísima Katharine Jefferts-Schori, Obispa Presidente de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos de América; así como nuestro Secretario, el Venerable Arcediano Michael Pollesel, Secretario General de la Iglesia Anglicana de Canadá.
Creo que ustedes saben de las responsabilidades de este Consejo Metropolitano, según dicta la Constitución de la Iglesia Episcopal de Cuba. Por ejemplo, en el día de ayer nos reunirnos con vuestro Obispo y, como es nuestra costumbre, discutimos un grupo de asuntos importantes, de los que se informará oportunamente al plenario del sínodo.
Por el momento, baste decir que el Consejo extiende la más fraternal bienvenida a la Obispa Presidente de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos de América, quien ha hecho de este sínodo cubano una de sus primeras visitas internacionales desde que asumiera su oficio primado.
El Consejo Metropolitano entiende este gesto de la Obispa Presidente como un símbolo de un nuevo compromiso de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos de América para con la Iglesia Episcopal de Cuba.
El Consejo Metropolitano para la Iglesia Episcopal de Cuba sirve como la conexión de esta diócesis cubana con la Comunión Anglicana, ofreciendo también su amistad, escucha y consejo a su Obispo y al pueblo todo de la Iglesia Episcopal de Cuba.
El Primado canadiense sirve como Presidente del Consejo Metropolitano, y permítanme decirles cuánto he apreciado y agradecido esta faceta de mi primacía, durante los últimos dos años y medio.
Este será mi último sínodo con ustedes, dado que la edad de mi retiro mandatorio se está acercando con rapidez: en Junio próximo se elegirá mi sucesor o sucesora, tras lo cual yo presentaré mi renuncia como primado de la Iglesia canadiense.
Permítanme decir desde ahora que, durante todo este tiempo, ha sido una gran experiencia y alegría el trabajar de manera regular con su Obispo Miguel y con Francisco, quienes muestran a cada momento la voluntad de servir y avanzar la obra que llevan a cabo cada uno y cada una de ustedes, como iglesia en Cuba.
La diócesis cubana ha escogido un lema para el sínodo, un lema que es en sí mismo una plegaria:
Danos un corazón
Grande para amar
Danos un corazón
Fuerte para luchar.
… Y que está inspirado en el evangelio correspondiente a esta Domínica.
El trasfondo es la Última Cena. Jesús sabía lo inminente de su traición, arresto y tortura, y entre las últimas cosas que dejó a sus discípulos, les entregó un nuevo mandamiento,
Que se amen los unos a los otros
Como yo los he amado.
Que se amen los unos a los otros.
Jesús dice más adelante que:
Por todo esto sabrán que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.
Esta es, por tanto, la marca distintiva de una comunidad cristiana fiel. Damos testimonio del amor de Dios en Jesucristo. Ese amor se realizó en una vida de servicio y sacrificio que ofrece perdón y nueva vida a toda persona que quiera recibirlo.
Hace poco más de un año, tuve el privilegio de presidir una delegación ecuménica canadiense en una visita a China. Conviene aquí mirar atrás en la historia.
A lo largo de la década de los mil novecientos setenta, China pasó por un proceso histórico que se ha conocido como la Revolución Cultural.
Como una de las consecuencias de este proceso, todas las iglesias cristianas fueron, bien clausuradas, bien ocupadas por el Ejército Rojo, para cualquier otro propósito. Los ministros fueron enviados como obreros a las fábricas y campos agrícolas.
Diez años después, esta revolución cultural llegó a su fin. Por entonces, la iglesia sólo podía identificar unos seiscientos mil cristianos en toda la China. Los cristianos chinos tuvieron mucho en qué pensar, contemplando el incierto futuro de la iglesia.
Al reflexionar en las misiones de años previos, no podían negar todo el bien que habían traído para el cristianismo en aquel país. Pero tampoco podían ignorar que esas primeras misiones cristianas, también, fueron agresivas, triunfalistas y prontas a juzgar y condenar. Rasgos muy poco chinos, podrían haber dicho estos mismos cristianos.
Así que, en respuesta a estos dilemas, los cristianos chinos -bajo la guía del Obispo K. H. King, el último obispo anglicano vivo en China- se encomendaron a la reconstrucción teológica de la misión de la iglesia. Se cuestionaron "¿Cómo puede el Evangelio de Jesucristo hacerse relevante, vivo, para el pueblo chino, en el contexto actual?".
El nuevo enfoque ya no era el poder, la gloria y la majestad de Dios, sino Jesús, el Siervo de Dios, quien anduvo entre los pobres y lavó los pies de sus discípulos.
La iglesia china abordó la Encarnación desde sus propias experiencias durante la Revolución Cultural, cuando los ministros de la iglesia habían andado entre los pobres y compartido de sus sufrimientos. Y fue con esa experiencia, real y cercana, de las necesidades del pueblo, que la iglesia china se lanzó a responder a esas necesidades.
La iglesia proveyó para la formación de doctores para las aldeas y villas más remotas; fueron creados ministerios especializados para beneficio de personas ciegas, para los niños y niñas con autismo, para drogadictos y alcohólicos, para ex-convictos, y todo esto en el Nombre, y siguiendo las huellas de esperanza, de Jesús, el Siervo.
Hoy día, tras menos de veinte años, se cuentan en más de veinte millones los cristianos en China. La iglesia es la organización de más rápido crecimiento en todo el país. "El reinado de Dios está en ustedes, y entre ustedes", dice Jesús. Este es un reinado que se extiende por todo lugar donde el amor de Dios es vivido, donde Dios mueve corazones con su amor.
Hoy, la iglesia en Cuba se congrega, se reúne como sínodo, con su Obispo, llamados por el Espíritu de Dios y convocados por la plegaria,
Danos un corazón,
Grande para amar.
Recordemos que el mismo Pacto Bautismal nos llama a
Esforzarnos para que haya justicia y paz entre todas las personas, y respetar la dignidad de todo ser humano.
Me imagino que la mayoría, si no todas las personas aquí presentes, generalmente estamos a favor de la justicia y la paz, y aún a favor del respeto mutuo entre todas las personas.
Pero, fijémonos que el Pacto va más allá de, meramente, "estar a favor" de la justicia y la paz. El Pacto habla de "esforzarnos". "¿Te esforzarás?". ¿Trabajarás a fin de hacer una diferencia tal, que el mundo sea un poco más justo y pacífico, y porque las relaciones humanas sean un poco más justas?
Sabemos de tanta injusticia, de tantos conflictos en el mundo y de tanta degradación de las relaciones humanas. ¿Será que, realmente, podemos hacer alguna diferencia en este estado de cosas? Cuando pensamos globalmente, hay tanto dolor y tanta injusticia que, simplemente, parecen estar más allá de todo lo que podamos hacer.
Pero lo cierto es que, siempre, podemos actuar en nuestra comunidad local, asegurándonos de que haya justicia y paz en nuestras familias, en la familia de la iglesia, en la comunidad mayor en que vivimos. Lo cierto es que, en cada una de nuestras relaciones, es posible garantizar el respeto de la dignidad e integridad de toda persona. De toda persona, aún cuando podamos estar en desacuerdo respecto a éste o aquél tema.
Si hacemos esto que Cristo nos llama a hacer, entonces el reinado de Dios florece, el reinado de Dios crece en ustedes y entre ustedes, tal y como está creciendo y floreciendo en China.
De manera que, junto con todos ustedes, oramos a Dios para que nos conceda,
Un corazón, fuerte para luchar.
La Iglesia Episcopal de Cuba es una diócesis miembro de la Comunión Anglicana, una familia mundial de iglesias esparcidas por todo el mundo y presente en ciento sesenta y cuatro naciones, donde se predican las Buenas Nuevas del amor de Dios, en toda una variedad de lenguas y dialectos, en medio de contextos políticos y culturales muy diferentes, y en una diversidad de circunstancias marcadas, bien por el conflicto o la paz, la pobreza o la prosperidad, y en muy diferentes etapas del desarrollo social, económico y tecnológico.
En esta familia anglicana mundial, permanecemos enlazados en el amor, alentándonos los unos a los otros en nuestros esfuerzos por la creciente realización del reinado de Dios en y entre nosotros –ese reinado de justicia, paz y relaciones correctas que son fruto del amor de Dios.
En todo el mundo, los anglicanos y anglicanas colaboramos con gobiernos y organizaciones no-gubernamentales, por ejemplo, en el cumplimiento de los Planes del Milenio para el Desarrollo, de Naciones Unidas.
En la década de los sesenta del siglo pasado, Marshall McLuhan –un canadiense, valga añadir- describió este mundo nuestro como una "aldea global", aludiendo a las crecientes capacidades de comunicación mundial.
Y, de hecho, una aldea global ya somos. La información, la tecnología y los medios de transporte modernos han achicado el mundo y lo han hecho más inmediato, de una u otra forma, para todos los seres humanos.
Vivir aislados los unos de los otros es un lujo que ya no nos podemos permitir, ni puede ser que tan pocas personas en el mundo sigan acaparando la mayoría de las oportunidades y la abundancia con que Dios ha bendecido a toda la familia humana y a la Creación entera.
A medida que se consumen las reservas mundiales de combustibles fósiles –como el petróleo- todos resultamos perjudicados; el agujero en la capa de ozono crece a causa de la toxicidad en el medio ambiente, y todos somos perjudicados. Se derrite el casco de hielo ártico, se agudizan los signos del cambio climático, crece la contaminación en las aguas, son diezmadas las especies animales y vegetales… todas estas son catástrofes que afectan a todos y cada uno de los seres humanos en nuestro planeta. Las crisis que alguna vez fueron "problemas locales" se han vuelto tragedias de nivel mundial –la pandemia del SIDA, por ejemplo.
La vergüenza de la pobreza y la miseria, la falta de acceso a la educación, las oportunidades y los servicios de salud, todo esto es, todo esto debiera ser causa de preocupación para toda la humanidad. Como también debiera serlo el crecimiento de los conflictos armados en todo el mundo, y con ellos, de las atrocidades asociadas con la guerra, que desestabilizan el mundo, y cuyas consecuencias se extenderán por muchas generaciones.
A pesar de todo esto, Dios no nos abandona, sino que ha plantado entre su pueblo los signos eternos de su reinado de justicia y paz. En un mundo así vivimos, y en este mundo es que somos llamados a dar testimonio de este amor, aquí en Cuba, y por todo el mundo.
Así que, en este sínodo rezamos a Dios,
Danos un corazón
Grande para amar.
Danos un corazón
Fuerte para luchar.
Amén.